VAPEADORES: ¿NUEVOS ADEPTOS O ADICTOS? LA VERDAD SOBRE EL CIGARRILLO ELECTRÓNICO

suzy menkes

Recientemente visité Vape Town, una tienda de cigarrillos electrónicos situada en el West Village de Manhattan, y descubrí que hay en marcha toda una cultura en torno al vapeo. El local exhibe una mezcla entre Juego de tronos y Matrix, y en uno de sus mostradores se disponen alargadas cajas blancas con un aspecto tan minimalista que bien podrían contener algún elixir facial chic y eco. En otra vitrina se alinean pequeños frascos de botica vestidos con vistosas etiquetas de demoníacos guerreros y llenas de nicotina líquida de colores y curiosos sabores como Leche de Unicornio y Ménage à Trois.

Obra de un par de estudiantes de diseño de Stanford, el Juul es un cigarrillo electrónico con el aspecto de una memoria USB; y según me describe la crítica de moda Anna Gray, juuleadora entusiasta, el dispositivo no se parece en nada a esos otros vapeadores de nicotina a modo de sucedáneos robóticos de los cigarrillos reales ni tampoco a esas otras “mininaves espaciales” estrambóticas de estilo steampunk (a Leonardo DiCaprio, el vapeador más famoso de Hollywood, se le ha visto empuñar estas últimas en las últimas galas de premios).

En mi propia vida se han venido sucediendo discretos incidentes en torno al Juul desde que vi Equanimity, el especial de Netflix de 2017 de Dave Chappelle en el que el cómico inhala uno intermitentemente a lo largo de su intervención. En un reciente estreno de apartamento en Brooklyn, el tipo de fiesta en la que encenderse un cigarrillo podría considerarse una ofensa merecedora de desahucio, una periodista que admiro blandió casualmente su Juul, sorbiendo cada poco su líquido sabor crème brûlée mientras debatíamos sobre el movimiento #MeToo.

La escritora Nadja Spiegelman, me cuenta, ya lleva Juuleando –en vez de fumando– un año, e incluso porta un segundo dispositivo para los amigos curiosos que quieran darle una calada. Este es uno de los atractivos, aprendo enseguida, del Juul y otros gadgets similares. Su diseño, que convierte por calentamiento la nicotina de sabores en un aerosol inhalable, no produce ni el humo ni el alquitrán de un cigarrillo tradicional, productos resultantes de quemar el tabaco. Los electrónicos, además, pueden ayudarte a dejar el fastidioso hábito de fumar, ya que los diferentes e-líquidos se ofrecen en diferentes intensidades para que los usuarios tengan el control sobre ellos (aunque Juul Labs, la compañía a cargo del Juul, está tratando de desarrollar concentraciones más bajas, sus recargas de nicotina en la actualidad solo están disponibles en una solución al 5%, lo que equivale prácticamente a un paquete de cigarrillos).

Pero las razones que atraen a los adultos al uso del Juul son muy parecidas a las que mueven a los adolescentes, que ya han empezado a introducirlos a escondidas en las aulas desatando con ello un debate nacional en EE.UU. Además de su diseño elegante, tecnológico y pulcro, está permitido usarlo con discreción en lugares donde fumar está terminante prohibido. La preocupación que muestran tanto los padres como los legisladores radica en que podría enganchar a la nicotina a las nuevas generaciones, lo que abriría de nuevo una puerta de entrada al cigarrillo real y alteraría al alza los índices de consumo de tabaco entre los adolescentes, que no hacían más que descender desde los años noventa.

En EE.UU., el tabaco aún causa 480.000 muertes al año, y demostrada su relación con el cáncer de pulmón, el infarto, el enfisema y las enfermedades cardiacas, los esfuerzos por denostar su consumo se basan nada más que en hechos puros y duros. Sin embargo, los datos que arrojan los cigarrillos electrónicos son aún motivo de confusión y controversia incluso entre médicos e investigadores. “Hay pocos hábitos que sean peores que fumar”, asegura la doctora Nancy Rigotti, directora del Centro de Investigación y Tratamiento del Tabaquismo del Hospital General de Massachusetts. Rigotti se encuentra entre los autores que han firmado el mayor estudio sobre el vapeo de The National Academies, publicado en enero. Entre sus conclusiones, destaca la siguiente: “Tras una amplia variedad de estudios y resultados, los cigarrillos electrónicos parecen representar menos riesgos para el individuo que los cigarrillos de tabaco combustible”.

Así que son potencialmente más sanos; pero ¿son realmente sanos?

El doctor Neal Benowitz, jefe de la división de farmacología clínica de la Universidad de California, en San Francisco, muestra sus reservas acerca del contenido real del líquido que usan los cigarrillos electrónicos –con solventes como el propilenglicol y la glicerina y algunos agentes saborizantes que si bien son comestibles, puedan presentar problemas al calentarse e inhalarse–; así como por los metales que puedan generarse en las bobinas de calor (investigadores de la universidad Johns Hopkins, por ejemplo, han hallado recientemente niveles significativos de plomo y arsénico en los aerosoles de varios modelos de vapeadores con depósito recargable). Benowitz concede que los cigarrillos electrónicos son estadísticamente menos cancerígenos y peligrosos para el corazón, pero sus efectos a largo plazo en los pulmones aún son una incógnita. El doctor Stanton Glantz, colega de Benowitz en la Universidad de California y veterano en la cruzada antitabaco, aporta una visión más oscura: “Mucha gente ve el cigarrillo electrónico como una especie de cigarro pero sin tantas cosas malas. Pero cuando lo enciendes, simplemente tragas otra mezcla diferente de tóxicos químicos”.


ADVERTENCIAS MÁS ALLÁ DE TANTO MARKETING

Estas advertencias no han frenado la turba de la moda a la hora de crear toda una nueva cultura alrededor de estos dispositivos. En una industria en la que el cigarrillo se ha mantenido durante décadas como epítome del cool más allá de su declive –incluso en Francia se están replanteando prohibir que los personajes fumen en las películas–, el vapeo ofrece no solo una forma de deshacerse del mal hábito de fumar sino, en algunos casos, también un accesorio alternativo. En el desfile de primavera de Molly Goddard del pasado septiembre, la diseñadora británica hizo desfilar a la modelo Edie Campbell con una copa de vino en una mano y un cigarrillo electrónico muy realista –un “pseudocigarrillo”– en la otra; mientras que Marc Jacobs, por su parte, quien ya dijera en su momento que fumar y dormir eran “las dos mejores cosas del mundo”, documenta a menudo sus extravagantes dibujos de humo ‘electrónico’ en Instagram. En su caso, representa el perfecto cloud chaser, cazador de nubes en jerga de la industria.

 

“Toda la gente de la moda es adicta a ellos”, me confirma la estilista Kate Young cuando contacto con ella tras detectar en su feed un bolso de Roger Vivier con un Juul asomando por su compartimento secreto para cigarrillos. “¿Es tuyo el vapeador?”, le pregunto. “No se me ocurriría hacer algo tan insano”, me replica vía mail con un emoji guiñándome el ojo. Las evasivas –o lo que es más, insistir en mantener su anonimato– es la respuesta que suelo encontrarme cuando pregunto extraoficialmente por el hábito del vapeo tanto a modelos como a diseñadores u otros integrantes del mundo de la moda. “Todo el mundo vapea, pero nadie lo dice”, suscribe un importante diseñador de joyas, que también me pide como condición para sus declaraciones el no revelar su nombre. Tal desazón podría interpretarse fácilmente como un reconocimiento tácito de la adicción inherente al vapeo, hábito que a menudo se asocia con otra prima algo más ‘dura’. Pero en la era de los auriculares inalámbricos, los gadgets de fitness, los smartphones y la religión del wellness lo cierto es que la gente tiene miedo de predicar una práctica que aún no se ha analizado suficientemente. “Nadie quiere posicionarse y decir ‘sí, claro, es más saludable’; y que luego en seis meses salga un artículo de ‘¡Muerte a los vapeadores!'”, expresa el restaurador Kyle Hotchkiss Carone, fumador convertido en Juuler que es socio del Cafe Clover de Nueva York así como de la tienda hermana de comestibles saludables Clover Grocery.

“Lo que yo le digo a los pacientes es que son productos nuevos y hay muchas cosas que no sabemos todavía”, admite Rigotti, y añade que es mucho mejor dejar de fumar con “tratamientos que ya se saben seguros y efectivos”, como los parches, los chicles o los inhaladores de nicotina, métodos que proporcionan al cuerpo una dosis medida y terapéutica de nicotina para aliviar la ansiedad y minimizar el síndrome de abstinencia. “Si quieres dejarlo, prueba estos métodos primero hasta que sepamos más sobre los cigarrillos electrónicos, que por el momento carecen de regulación”.

 

Esta falta de regulación en la industria del vapeo, que desde agosto de 2016 depende en Estados Unidos de la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos), no hace más que aumentar la confusión. Dicha agencia anunció entonces por primera vez que los fabricantes que hubieran ingresado en el mercado antes de tal fecha tendrían que solicitar autorizaciones de producto antes de 2018 si querían mantenerse en el negocio. Más tarde, el verano pasado, el nuevo inspector entrante, el doctor Scott Gottlieb, amplió el límite de presentación hasta 2022.

Tal demora se ve avalada por la actitud displicente de la administración Trump en tanto a su falta de regulación y su impacto en la salud pública. Los próximos cuatro años podrán arrojar más luz sobre los riesgos del vapeo y supondrán un respiro temporal para la pequeña empresa del cigarrillo electrónico, negocios que muchas veces no pueden afrontar los elevados costes de las autorizaciones. Pero, por otro lado, es también fácil imaginarse un futuro en el que los cigarillos electrónicos dependientes de las grandes tabacaleras monopolicen el mercado y se vendan a los fumadores como una alternativa menos dañina, lo que pondría en una importante encrucijada a la liga por el control del tabaco, de por sí legítimamente cautelosa.

Con esto, el enigma sigue sin resolverse.

Yo, que solo me he fumado un cigarrillo en toda mi vida (hará una década, en la universidad, y aún recuerdo el dolor de cabeza del día siguiente), cuál sería mi sorpresa cuando me lanzo a probar el Juul de mi compañera en la fiesta de estreno de piso antes mencionada. Con la primera calada, mi mente busca una explicación racional a mi osadía: tal vez sea porque la admire, porque le queda muy guaycomo a un moderno James Dean intelectual. O quizá me mueva la novedad y esa idea de que todos deberíamos probarlo todo, aunque sea una vez.

Semanas después, sentada en una cafetería del Upper East Side tratando de ordenar mis pensamientos sobre el tema, llegan a mi oído las sonoras quejas de una madre con un abrigo de chinchilla azul claro lamentándose por teléfono de que su hijo adolescente se está aficionando al vapeo. Como yo, necesita desentrañar qué gracia le encuentran al dichoso hábito. “Ayer lo probé”, le cuenta a su amiga, como si me robara las palabras de la boca: “Estaba asqueroso”.

PUBLICADO POR VOGUE – Julia Felsenthal

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